EL CONDE DE BARCELONA

Recuerdo a mi amigo, muerto hace ¡ay! muchos años, el historiador Manuel Rubio Cabeza, cuando me demostraba que este título de Conde de Barcelona no le podía corresponder, ya que estaba incluido en los de la Corona que él, constitucional o inconstitucionalmente, no poseía. Pero lo seguiremos denominando así para entendernos mejor.
Sobre este personaje, digno de una tragedia menor de Shakespeare, se escriben alabanzas, loas y se dan abanicazos con la mirada puesta de reojillo en la Zarzuela. Su auténtica biografía es poco conocida, entre otras razones porque su paso por las zonas altas de la Historia ha sido más bien breve, obligadamente breve. Cuando llegue el momento de abrir los cajones de los dosieres que esa izquierda cerril, pesada, rencorosa y acomplejada por derrotas pasadas guarda con esperanza, restregándose las manos como la bruja de los cuentos, para que cuando llegue la hora de derribar el poste de la carpa-circo que mantiene esta ficción de España malamente unida, se pueda poner a bajar de un burro al rey, del cual se han servido y, ya de paso, a toda su familia presidida por el patriarca don Juan de Borbón.
Mas por ahora, hay que jugar con lo que se tiene, y al que en la marina británica no pasaría de algo más que de “cabin boy” (grumete), se le eleva a la categoría de Almirante, no sabemos si cobrando trienios. Pero es que, además, se da su nombre a una moderna fragata. Bueno, es tradición dar nombres de reyes, reinas y hasta infantas a buques de guerra (“María Teresa”, “Infanta Elena”….), pero en este caso se le da por ser Almirante, no por ser Conde de Barcelona.
Luego, cuando le llega la hora irse a la otra dimensión, se le entierra en el Escorial, saltándose el reglamento pero, aquí viene lo más sorprendente, alguien está pergeñando por ahí para que se nombre al Conde de Barcelona “Rey Póstumo”, algo que ya entra en zona casi del humor siniestro.
Parece ser una tradición que, salvo raras excepciones, los Borbones no se han llevado muy bien con sus respectivas esposas, siendo el caso de don Juan de Borbón un ejemplo más de esa rara herencia. Pero es que tampoco se llevaba bien con sus hermanos a los que tenía algo abandonados económicamente, hasta que Franco echó una mano, no ya a su hermano Alfonso, sino a la misma reina madre, doña Victoria Eugenia porque, no lo olvidemos, deshizo de un plumazo las leyes de le República que les había embargado hasta los pijamas, devolviendo a la familia real los bienes que legalmente le correspondían antes del zarpazo republicano.
Hay algo que, aunque se escribe en los libros de Historia, de lo que apenas si se habla cuando se trata de recuerdos y homenajes institucionales, y es que don Juan de Borbón, padre del rey actual, quiso en dos ocasiones unirse al ejército nacional, en la primera ocasión presentándose en España con monos azul, boina roja y el emblema de la Falange en el pecho. La segunda vez quiso enrolarse en el “Baleares”, que de haber sido aceptado por Franco, la Historia podía haber cambiado radicalmente. Luego, con la larga posguerra y la aun más larga paz, sus rifirrafes con Franco no le impidieron concederle el “Toisón de Oro” con motivo de los “25 Años de Paz”, lo que sirvió para que Franco le diera una gratuita y amable lección sobre el reglamento de esa Orden que le impedía  concederla.
Sin embargo, pese a todo, hay algo que nos hace casi simpático este personaje trágico, zarandeado por todos y manipulado por caraduras, y es su intervención en un incidente (el presidente Rodríguez lo habría denominado así) ocurrido en el año 1945, recién acabada la 2ª guerra mundial, en la estación francesa de Chamberí. Un tren con repatriados españoles residentes en Alemania, que se pudieron refugiar en Suiza gracias a la Cruz Roja, entre los que había obreros que trabajaron en las fábricas alemanas, algún “divisionario”, personal de consulados, etc, fue detenido en esta estación francesa por rojos españoles y franceses que asaltaron el tren y cometieron las mil y una villanías de las que son verdaderos maestros. Golpearon, robaron e hicieron toda clase de barbaridades con los indefensos viajeros, hasta que un boxeador pudo saltar a la máquina y con la amenaza de sus puños obligó al maquinista a retroceder hasta Suiza. Allí fueron atendidos, y muchos hospitalizados, entre ellos varias mujeres ya que tres de ellas abortaron. Y allí se presentó don Juan de Borbón para interesarse por los heridos, enterarse de sus cuitas y para ayudar económicamente a quienes todo lo habían perdido a manos, no lo olvidemos, de los que hoy reciben compensaciones millonarias por sus crímenes.
Este hecho que muestra esa parte noble de la que nadie nos habla ni recuerda, nos sitúa a don Juan, no ya en la zona de los Almirantes imposibles, de los Reyes “Póstumos”, o de los reales cadáveres en tumbas de mármol rojo, sino en la simple, sencilla y noble zona del hombre de bien.
Jesús Flores Thies
Coronel de Artillería-retirado