La muerte del general Sabino Fernández Campo ha mostrado esa cara de la prensa que, de determinados personajes, y a la hora de escribir una reseña de su vida, deja en el tintero el noventa por ciento de su biografía, centrándose solamente en aquello que el sentido de secta política le interesa.
Si el general Fernández Campo no hubiera intervenido en la noche del 23 F de 1981 para sacar al rey del embrollo en el que se había metido, hoy sólo sería una noticia de “obituario”, pero al haber sabido con suma habilidad capear aquel temporal, hoy podemos decir que la biografía del general queda reducida a unas horas entre el día 23 y el 24 de aquel mes de febrero. Lo demás, añadido ahora, no pasa de relatos menores sobre su trato con el rey o, rozando una noticia del corazón, por aquello de su divorcio y de su nuevo matrimonio. Lo demás, no es que no importe, es que lo mejor es silenciarlo.
Y sin embargo, habiendo muerto a los 91 años, casi 40 han sido prácticamente silenciados. En julio de 1936, como falangista de 18 años, participa en la heroica defensa de Oviedo; después, una vez liberada la ciudad, participa en la guerra en el bando nacional (¿en cuál si no…?) y acaba la guerra como teniente provisional en la Bandera de falange de Oviedo. Participa en la liberación de unos 250 presos, sacados de las cárceles y checas de Barcelona, que esperaban la muerte en el monasterio del Collell. En aquel lugar se habían asesinado poco antes a “cincuenta menos dos”, ya que a los asesinos se les escaparon dos, uno era Sánchez Mazas, el otro, Jesús Pascual Aguilar, un bravo aragonés llevado de la cheka de Fomento al matadero del monasterio. Y llegada la paz, inicia una carrera llena de éxitos, terminando su vida activa como general de Intervención Militar. Es decir, que durante 40 años sirvió a España en el Ejército bajo el régimen del Generalísimo Franco, con toda lealtad.
En la parte final de su biografía, ya en la Casa Real, como sombra protectora del rey, protagoniza parte de aquel suceso, todavía inexplicado, del 23 F, que es lo que le lanza al estrellato mediático. Luego, su salida de la Casa Real, su divorcio, su nueva boda… Y, para terminar, con aquella vergüenza que jamás supo explicar, de felicitar a un asesino por su onomástica, la noche en la que quitaron como regalo al genocida de Paracuellos del Jarama, la estatua del monumento al Generalísimo Franco al que él había servido tantos años. |